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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 3 de la historia de mi abuelo : "11/11/1911: Llegada a América"

El abuelo andarín y aventurero de la familia Martínez, nuestro abuelo, comenzó una nueva vida en la que hay una fecha significativa: el 11/11/1911. Ese día, Don José Martínez Sánchez Albornoz, a sus 18 años de edad recién cumplidos, llegaba a tierras americanas. Desde entonces su vida ya nunca sería lo mismo, y de alguna manera marcó el destino de toda su descendencia. En el anterior capítulo del relato de su biografía, mi abuelo contaba cómo había conseguido hacerse un hueco en un vapor de la compañía Pinillos para zarpar rumbo a Argentina. Su entrada en el puerto de Santos, en Brasil, le dejó un recuerdo indeleble que narró de forma poética y hermosa.


"El 11 de noviembre de 1911 llegué a América. Toqué tierra en el puerto brasileño de Santos al amanecer, el mismo día en que cumplía 18 años. Entramos por una bahía estrecha rodeada de montañas unidas por un hermoso arco iris. Según nos íbamos acercando, la playa iba ensanchándose, rodeada de casitas de madera en las que vivían habitantes negros vestidos a rayas blancas, azules y rojas. Aquel conjunto fantástico me hacía recordar las lecturas de mi infancia y los paisajes descritos por Salgari en sus novelas. Las montañas eran de un verde intenso y se podía ver a los monos saltando entre los árboles. He visto otros lugares y puertos de los trópicos, pero ninguno como aquel paisaje adormecido por el calor tropical. Los nubarrones en el cielo alternaban con el sol, y sobre la bahía el arco iris parecía un arco triunfal. Aunque he vuelto varias veces a Brasil, nada me ha gustado tanto como Santos, una ciudad bonita que recordaré toda mi vida. 
Cuando desembarcamos, me interesé por la vida de los negros y por sus costumbres. Cogí el tranvía, también monté en guagua y por último comí en un restaurante antes de volver a subir al barco. Al pedir la cuenta me llevé un susto pues me pidieron unos cientos de reis. Les dije que era carísimo pues lo que yo había comido no pasaba de una libra esterlina. El camarero se echó a reír y me dijo que yo había confundido los reis con los reales españoles. Me dio el cambio y me embarqué de nuevo. Salimos de Santos rumbo a Río de Janeiro, donde el paisaje también era lindo, con una bahía grande y hermosa, buenas playas y varias islas, pero no me llamó tanto la atención como Santos, siendo Río más bella que ésta.
                                         Vista actual de la Bahía de Santos. 


Al día siguiente partimos hacia Montevideo, situada en la desembocadura del Río de la Plata. Bajé a tierra y en la ciudad no vi nada de particular. Es llana, sólo tiene un pequeño cerro. No tenía nada que ver con la grandiosidad de Brasil. La visita fue corta y por la noche el vapor partió para Buenos Aires. Al amanecer entramos en el puerto, un lugar feo, por lo sucio. Tras despedirme de los compañeros de viaje tomé un coche en el que atravesé la ciudad hasta la calle Cabildo, en el barrio de Belgrano, que es donde estaba situada la casa en la que iba a vivir. 

La ciudad era muy extensa. Sus calles rectas formaban un inmenso tablero de ajedrez. Algunas de estas calles estaban empedradas, otras muchas tenían como firme tacos de madera y algunas asfaltadas. Las casas, en general, eran bajas y con azoteas. Belgrano es un barrio nuevo y bonito, lleno de hotelitos ajardinados, calles amplias y limpias. La casa de la calle Cabildo también era de planta baja y con azotea. Sus dueños se dedicaban a la venta de artículos de mujer y de adorno. Se llamaba "La lucha" y estaba muy bien surtida. 

Desde el día de mi llegada todo cambió para mí. Era un empleado y tenía que someterme a un aprendizaje, a unas costumbres y a un trabajo. El horario que teníamos era de seis de la mañana hasta las diez de la noche, sin cerrar al mediodía. Los domingos y festivos cerrábamos a las dos, quedando de guardia dos empleados de los cinco que éramos. Los trabajadores, que nos llevábamos muy bien, vivíamos y comíamos en la casa. Allí conocí a Fernando García Olmos, a Martín y a Dimasi, que trabajan en la tienda, y al dueño, Don Melchor. Excepto Dimasi, que era argentino hijo de italianos, todos los demás eran españoles. 

Fue pasando el tiempo y cada día iba conociendo un poco más del carácter argentino y de la ignorancia que de España tenían, incluso en gran cantidad los mismos españoles. Por el establecimiento pasaron varios paisanos de mi padre, entre ellos uno ya retirado de los negocios, que había sido en España cochero de mi abuelo Pedro. Tenía este hombre una hija muy bonita, que presumía más que una marquesa y que pronto se me "indigestó". 
Poco a poco me fui acostumbrando a esta vida y estaba contento. Sin embargo, un buen día el dueño nos dijo que vendía el local pues iba a poner una tienda al por mayor en el centro de la ciudad. Me prometió que tan pronto como pudiera me llevaría con él. Todo esto se lo conté a mis padres por carta. Cuando hacía un año y medio de mi estancia en Buenos Aires, inesperadamente se presentó en "La lucha" un señor preguntando por mí. Era Don Pedro Sevilla, un pariente de mi padre que había recibido una carta de él en la que le proponía la compra de la casa en la que yo estaba trabajando. Me dio la carta para que la leyera y le dije que ya no tenía lugar, porque el negocio ya se había vendido. Don Pedro me recriminó que no le hubiera ido a visitar en todo este tiempo. Al decirle yo que había ido a las señas que de él tenía y que de la casa no encontré ni rastro, él me contestó muy ufano: "preguntando por Don Pedro Sevilla, todo el mundo en Buenos Aires me conoce". 
 Me invitó a que el domingo siguiente fuera a comer a su casa y así lo hice. 

Sevilla era un hombre de negocios. Llevaba varios años por América, habiendo hecho capital primero en México y después en Chile y Argentina. Ya estaba retirado de los negocios y era viudo cuando le conocí. Me presentó a varios de sus hijos e hice gran confianza con Pedro, con Catucha, y con otra de la que no recuerdo el nombre. Pedro era de mi edad, Catucha unos años mayor y la otra era menor. Todos eran muy simpáticos y me acogieron muy bien. Con mi actitud vieron que yo no era un emigrante aventurero, sino que contaba con una familia pudiente dispuesta a soltarme dinero para comprar un negocio. 
En este tiempo yo iba casi todos los domingos a su casa, y fui conociendo el carácter y el modo de ser de este pariente lejano. Era un hombre muy suyo, poco entrañable para sus hijos. Pensaba que éstos debían adquirir fortuna como él lo había hecho y por ello tenía a Pedro trabajando en una ferretería sin dejarle divertirse los días libres. Hacía lo mismo con los otros hijos, así que el ambiente familiar era falto de cariño, a la vez que chocaba el modo de pensar entre el viejo español y los nuevos hijos argentinos. 

                     Imagen de Valencia en la revista Blanco y Negro de principios del siglo XX

 En casa del señor Sevilla conocí a varios españoles que denigraban a España, sobre todo por no conocerla y por haber encontrado en América medios de vida para ellos y sus deseos, hasta entonces desconocidos. Se armaban grandes discusiones y en vista de su ignorancia y las equivocaciones que contaban a sus hijos, me hice un defensor de mi patria. Para sacarles del error escribí a España y me hice con postales, revistas y un porfolio fotográfico que se publicaba semanalmente en las revistas "Blanco y negro" y "La esfera". En mis visitas a casa de Sevilla procuraba sacar la conversación y de esa forma enseñaba lo recibido. Comparaba los edificios y paisajes españoles con los argentinos, y así les fui convenciendo de que España no se componía de pueblos sin cosas que ver ni gente ignorante. Les dejaba en duda, y a veces tenía éxito. A los más cabezudos les tuve que decir que nacidos en la aldea, sin salir de ella hasta el día que embarcaron para América, viviendo en alguna finca de gañanes o pastores, no podían conocer más que el campo, bajando como mucho al pueblo vecino el día de la patrona. Así que embarcaron como borregos, llegaron a América y no pudieron contar nada de España pues todo lo ignoraban. Les aconsejé- puesto que la mayoría tenía dinero- viajar a España y que a la vuelta me dijeran con franqueza qué les parecía"... (continuará)

sábado, 22 de junio de 2013

Capítulo 2 de la historia de mi abuelo: Rebeldía, enfrentamiento con armas y partida hacia América.



Esta parte del relato del abuelo es clave para entender su vida. Pasaron cosas increíbles que él relata con la mayor naturalidad. Son cosas que hoy día miramos con asombro y que nos parecen de película, pero forman parte del espíritu de su época. Estas líneas reflejan sus recuerdos entre los 17 y los 19 años, cuando empieza a revelarse su espíritu rebelde y aventurero...


... "Mi padre, que tenía un carácter muy fuerte propio de su vida militar, no nos daba confianza. Era un padre poco comunicativo con nosotros. Nos reñía y castigaba por cualquier falta que hiciéramos y le teníamos miedo.
Mi madre por el contrario, tenía un carácter afable y franco. Al  tratar de evitar disgustos a mi padre y castigos a nosotros, se hacía a veces cómplice de nuestras travesuras, aunque también nos reprendía y aconsejaba.
Mi primer curso en el instituto lo aprobé sin más. No era ningún empollón.  El día que me examiné de la última asignatura, gramática castellana, al llegar a casa mi padre estaba muy enojado.  Le dije que había aprobado, pero mi padre, que ignoró la causa, empezó a preguntarme sobre la asignatura. Nervioso y azorado, no supe contestar, equivocándome en las conjugaciones. Don Baldomero me castigó, haciéndome estudiar gramática todo el verano.
Pasado algún tiempo, después de no saberme una vez más las lecciones, mi padre volvió a castigarme. Tras la "filipina" consiguiente me dijo:
- En esta vida, para vivir hay que trabajar. Si intelectualmente no vales, tendrás que buscar un oficio. ¿Qué quieres ser?.
Me mandó a un rincón de su despacho y allí permanecí unas horas. Sin saber cómo ni porqué,  cuando me volvió a preguntar qué quería ser le dije que.... Confitero. 
No tardé muchos días en verme colocado en "La Mahonesa", que era la confitería de moda en Madrid.  Este oficio lo conseguí por mediación de mi tío Nicolás, pues además de ser dueño de la casa nº 1 de la Plaza del Celenque donde estaba establecida "La flor y nata", conocía a Don Fernando, dueño de la Mahonesa.
Supongo que mi padre le diría algo a fin de que yo, viéndome trabajando y sujeto todo el día, terminara aburriéndome y volviera a estudiar.
En La Mahonesa me hicieron unas blusas y delantales blancos como ropa de trabajo. Yo no ganaba nada y desde el primer día me pusieron a fregar y limpiar en el taller,  haciendo todo lo que me mandaban. Poco a poco aprendí a elaborar caramelos y pasteles. Pronto me hice al nuevo ambiente y me amoldé al trabajo poniendo empeño en aprender y ser obediente con el maestro y los oficiales. Gracias a mi esfuerzo me fui haciendo apreciar por el dueño y los dependientes. Ayudando a unos y otros, a fin de año me dieron diez duros de aguinaldo. 
Aunque trabajaba no dejé los estudios totalmente de lado. Cada noche acudía a la Escuela de Artes y Oficios donde aprendía dibujo.
En la confitería estuve dos años. Al cabo de ellos, el maestro y los oficiales, obreros madrileños buenos y dicharacheros, empezaron a decirme que no fuera "primo", que estaba en condiciones de ganar un buen sueldo. En fin, tanto insistieron que a principios de año le pregunté al dueño cuánto me iba a pagar.  Me contestó que, en efecto yo merecía ganar un sueldo, pero que debía saber que entré en su casa no porque me necesitara, sino por compromiso con mi familia. Como no podía crear una nueva plaza en el taller, lo único que me ofreció fue ser dependiente. No lo acepté pues no quería ser empleado en un establecimiento en el que entre su clientela sabía que había parientes y amigos de mis padres. ¡Tonterías del medio social! que hoy reconozco no tenerlas.
Dejada la confitería, continué con mis clases de francés, dibujo, cálculo mercantil y teneduría de libros que no había dejado en estos años. También comencé a prepararme las oposiciones para ser funcionario de Correos en la academia Roos, en la calle Preciados.
En este lapso de tiempo estuve varias veces en Espinoso del Rey, donde residía mi tío Victoriano. En la finca teníamos bastante ganado vacuno y me gustaba pasar largos ratos con los vaqueros y criados. Montaba a caballo y paseaba con mi Primo Pedro de un lado para otro.
En aquellos años yo tenía un carácter violento y muchas veces tuve riñas con los chicos del pueblo, aunque en general, mi fama era la de ser agradable y simpático.
En uno de los viajes a Espinoso llegaron mis padres y hermanos a pasar una temporada en la finca, que entonces administraba mi tío. 
Paseando a caballo con mi padre, le hice observar el abandono que había tanto en el ganado como en las tierras, disgustándole esto mucho. 
A los pocos días, con motivo de la muerte de unos cerdos encontrados por los criados en las pocilgas medio comidos por sus compañeros, mi padre hubo de llamar la atención a mi tío.
Tuvieron ambos una discusión en la que mi padre le dijo todo lo que había visto y observado. A esto se unieron varios disgustos que habíamos tenido con su mujer por su manera de ser. Su educación argentina dejaba mucho que desear y parece que soportaba mal las consideraciones que todos tenían con mi madre, que debido a su educación y trato social  todos estimaban.
Mi padre hubo de preguntar a su hermano dónde había empleado las cantidades que le entregó para mantener la finca y le echó en cara una frase que años antes le dijese mi abuela Emeteria, que no quería nada con él por lo aprovechado que era.
Mi tío entonces sacó una navaja y se fue hacia mi padre. En ese momento llegué yo portando un rifle en la mano con el que había estado tirando al blanco. Me eché el arma a la cara y disparé, teniendo la suerte de que el arma estaba descargada.
Fui al pueblo en busca de la Guardia Civil, pero cuando llegamos mi padre y su hermano ya habían hecho las paces.
Dejamos la finca, procediendo más tarde a la segregación de bienes, siendo esto causa de muchos disgustos. Mi padre cedió muchos derechos, perdiendo las cantidades anticipadas y una parte de la finca comprada a su hermana. 
En Talavera, aburrido y queriendo terminar con esta desagradable situación cuanto antes, hubo de venderle toda la parte que le quedaba de la finca y la heredada de su padre, a fin de acabar con el enfrentamiento. 
Estando en estos trámites y de nuevo en Madrid, paró en nuestra casa un primo de mi padre que era sacerdote y venía de México. Este familiar me animó a irme con él a América a su regreso. Así me hubiera gustado hacer. Conseguí incluso el permiso de mi padre, pero... Estalló la Revolución Mexicana y mi padre me hizo que desistiera.
Para mí, que ya gustaba de la aventura, esto fue una gran desilusión.
Papá ascendió y fue destinado a Logroño. Mientras viajaba hasta allí para ayudar a poner la casa de mis padres, hice una parada en Pradoluengo, donde conocí a varios parientes de papá que tenían casa en la Argentina. Ellos habían vivido en diferentes naciones del Centro y del Sur de América. Estos parientes me ofrecieron un puesto en su negocio situado en el barrio de Belgrano (Buenos Aires). Consiguiendo el permiso de mi padre hice de nuevo un viaje a su pueblo. Allí conocí a un señor que con su familia viajaba a Argentina y decidí ir en su compañía hasta el nuevo mundo.
En el otoño de 1911 y desde Logroño, donde ya residía mi familia, salí hacia Barcelona acompañado de mi padre. Allí estuvimos unos días esperando la salida del Cádiz, vapor de la compañía Pinillos. Antes de subir a bordo mi padre me presentó a unos señores llamados Pablo y Arana que eran parientes suyos. Habían vivido muchos años en América y tenían negocios en México. Aunque estaban retirados, ambos hacían viajes de placer de uno a otro continente.

(Continuará)