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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Capítulo 3 de la historia de mi abuelo : "11/11/1911: Llegada a América"

El abuelo andarín y aventurero de la familia Martínez, nuestro abuelo, comenzó una nueva vida en la que hay una fecha significativa: el 11/11/1911. Ese día, Don José Martínez Sánchez Albornoz, a sus 18 años de edad recién cumplidos, llegaba a tierras americanas. Desde entonces su vida ya nunca sería lo mismo, y de alguna manera marcó el destino de toda su descendencia. En el anterior capítulo del relato de su biografía, mi abuelo contaba cómo había conseguido hacerse un hueco en un vapor de la compañía Pinillos para zarpar rumbo a Argentina. Su entrada en el puerto de Santos, en Brasil, le dejó un recuerdo indeleble que narró de forma poética y hermosa.


"El 11 de noviembre de 1911 llegué a América. Toqué tierra en el puerto brasileño de Santos al amanecer, el mismo día en que cumplía 18 años. Entramos por una bahía estrecha rodeada de montañas unidas por un hermoso arco iris. Según nos íbamos acercando, la playa iba ensanchándose, rodeada de casitas de madera en las que vivían habitantes negros vestidos a rayas blancas, azules y rojas. Aquel conjunto fantástico me hacía recordar las lecturas de mi infancia y los paisajes descritos por Salgari en sus novelas. Las montañas eran de un verde intenso y se podía ver a los monos saltando entre los árboles. He visto otros lugares y puertos de los trópicos, pero ninguno como aquel paisaje adormecido por el calor tropical. Los nubarrones en el cielo alternaban con el sol, y sobre la bahía el arco iris parecía un arco triunfal. Aunque he vuelto varias veces a Brasil, nada me ha gustado tanto como Santos, una ciudad bonita que recordaré toda mi vida. 
Cuando desembarcamos, me interesé por la vida de los negros y por sus costumbres. Cogí el tranvía, también monté en guagua y por último comí en un restaurante antes de volver a subir al barco. Al pedir la cuenta me llevé un susto pues me pidieron unos cientos de reis. Les dije que era carísimo pues lo que yo había comido no pasaba de una libra esterlina. El camarero se echó a reír y me dijo que yo había confundido los reis con los reales españoles. Me dio el cambio y me embarqué de nuevo. Salimos de Santos rumbo a Río de Janeiro, donde el paisaje también era lindo, con una bahía grande y hermosa, buenas playas y varias islas, pero no me llamó tanto la atención como Santos, siendo Río más bella que ésta.
                                         Vista actual de la Bahía de Santos. 


Al día siguiente partimos hacia Montevideo, situada en la desembocadura del Río de la Plata. Bajé a tierra y en la ciudad no vi nada de particular. Es llana, sólo tiene un pequeño cerro. No tenía nada que ver con la grandiosidad de Brasil. La visita fue corta y por la noche el vapor partió para Buenos Aires. Al amanecer entramos en el puerto, un lugar feo, por lo sucio. Tras despedirme de los compañeros de viaje tomé un coche en el que atravesé la ciudad hasta la calle Cabildo, en el barrio de Belgrano, que es donde estaba situada la casa en la que iba a vivir. 

La ciudad era muy extensa. Sus calles rectas formaban un inmenso tablero de ajedrez. Algunas de estas calles estaban empedradas, otras muchas tenían como firme tacos de madera y algunas asfaltadas. Las casas, en general, eran bajas y con azoteas. Belgrano es un barrio nuevo y bonito, lleno de hotelitos ajardinados, calles amplias y limpias. La casa de la calle Cabildo también era de planta baja y con azotea. Sus dueños se dedicaban a la venta de artículos de mujer y de adorno. Se llamaba "La lucha" y estaba muy bien surtida. 

Desde el día de mi llegada todo cambió para mí. Era un empleado y tenía que someterme a un aprendizaje, a unas costumbres y a un trabajo. El horario que teníamos era de seis de la mañana hasta las diez de la noche, sin cerrar al mediodía. Los domingos y festivos cerrábamos a las dos, quedando de guardia dos empleados de los cinco que éramos. Los trabajadores, que nos llevábamos muy bien, vivíamos y comíamos en la casa. Allí conocí a Fernando García Olmos, a Martín y a Dimasi, que trabajan en la tienda, y al dueño, Don Melchor. Excepto Dimasi, que era argentino hijo de italianos, todos los demás eran españoles. 

Fue pasando el tiempo y cada día iba conociendo un poco más del carácter argentino y de la ignorancia que de España tenían, incluso en gran cantidad los mismos españoles. Por el establecimiento pasaron varios paisanos de mi padre, entre ellos uno ya retirado de los negocios, que había sido en España cochero de mi abuelo Pedro. Tenía este hombre una hija muy bonita, que presumía más que una marquesa y que pronto se me "indigestó". 
Poco a poco me fui acostumbrando a esta vida y estaba contento. Sin embargo, un buen día el dueño nos dijo que vendía el local pues iba a poner una tienda al por mayor en el centro de la ciudad. Me prometió que tan pronto como pudiera me llevaría con él. Todo esto se lo conté a mis padres por carta. Cuando hacía un año y medio de mi estancia en Buenos Aires, inesperadamente se presentó en "La lucha" un señor preguntando por mí. Era Don Pedro Sevilla, un pariente de mi padre que había recibido una carta de él en la que le proponía la compra de la casa en la que yo estaba trabajando. Me dio la carta para que la leyera y le dije que ya no tenía lugar, porque el negocio ya se había vendido. Don Pedro me recriminó que no le hubiera ido a visitar en todo este tiempo. Al decirle yo que había ido a las señas que de él tenía y que de la casa no encontré ni rastro, él me contestó muy ufano: "preguntando por Don Pedro Sevilla, todo el mundo en Buenos Aires me conoce". 
 Me invitó a que el domingo siguiente fuera a comer a su casa y así lo hice. 

Sevilla era un hombre de negocios. Llevaba varios años por América, habiendo hecho capital primero en México y después en Chile y Argentina. Ya estaba retirado de los negocios y era viudo cuando le conocí. Me presentó a varios de sus hijos e hice gran confianza con Pedro, con Catucha, y con otra de la que no recuerdo el nombre. Pedro era de mi edad, Catucha unos años mayor y la otra era menor. Todos eran muy simpáticos y me acogieron muy bien. Con mi actitud vieron que yo no era un emigrante aventurero, sino que contaba con una familia pudiente dispuesta a soltarme dinero para comprar un negocio. 
En este tiempo yo iba casi todos los domingos a su casa, y fui conociendo el carácter y el modo de ser de este pariente lejano. Era un hombre muy suyo, poco entrañable para sus hijos. Pensaba que éstos debían adquirir fortuna como él lo había hecho y por ello tenía a Pedro trabajando en una ferretería sin dejarle divertirse los días libres. Hacía lo mismo con los otros hijos, así que el ambiente familiar era falto de cariño, a la vez que chocaba el modo de pensar entre el viejo español y los nuevos hijos argentinos. 

                     Imagen de Valencia en la revista Blanco y Negro de principios del siglo XX

 En casa del señor Sevilla conocí a varios españoles que denigraban a España, sobre todo por no conocerla y por haber encontrado en América medios de vida para ellos y sus deseos, hasta entonces desconocidos. Se armaban grandes discusiones y en vista de su ignorancia y las equivocaciones que contaban a sus hijos, me hice un defensor de mi patria. Para sacarles del error escribí a España y me hice con postales, revistas y un porfolio fotográfico que se publicaba semanalmente en las revistas "Blanco y negro" y "La esfera". En mis visitas a casa de Sevilla procuraba sacar la conversación y de esa forma enseñaba lo recibido. Comparaba los edificios y paisajes españoles con los argentinos, y así les fui convenciendo de que España no se componía de pueblos sin cosas que ver ni gente ignorante. Les dejaba en duda, y a veces tenía éxito. A los más cabezudos les tuve que decir que nacidos en la aldea, sin salir de ella hasta el día que embarcaron para América, viviendo en alguna finca de gañanes o pastores, no podían conocer más que el campo, bajando como mucho al pueblo vecino el día de la patrona. Así que embarcaron como borregos, llegaron a América y no pudieron contar nada de España pues todo lo ignoraban. Les aconsejé- puesto que la mayoría tenía dinero- viajar a España y que a la vuelta me dijeran con franqueza qué les parecía"... (continuará)

sábado, 22 de junio de 2013

Capítulo 2 de la historia de mi abuelo: Rebeldía, enfrentamiento con armas y partida hacia América.



Esta parte del relato del abuelo es clave para entender su vida. Pasaron cosas increíbles que él relata con la mayor naturalidad. Son cosas que hoy día miramos con asombro y que nos parecen de película, pero forman parte del espíritu de su época. Estas líneas reflejan sus recuerdos entre los 17 y los 19 años, cuando empieza a revelarse su espíritu rebelde y aventurero...


... "Mi padre, que tenía un carácter muy fuerte propio de su vida militar, no nos daba confianza. Era un padre poco comunicativo con nosotros. Nos reñía y castigaba por cualquier falta que hiciéramos y le teníamos miedo.
Mi madre por el contrario, tenía un carácter afable y franco. Al  tratar de evitar disgustos a mi padre y castigos a nosotros, se hacía a veces cómplice de nuestras travesuras, aunque también nos reprendía y aconsejaba.
Mi primer curso en el instituto lo aprobé sin más. No era ningún empollón.  El día que me examiné de la última asignatura, gramática castellana, al llegar a casa mi padre estaba muy enojado.  Le dije que había aprobado, pero mi padre, que ignoró la causa, empezó a preguntarme sobre la asignatura. Nervioso y azorado, no supe contestar, equivocándome en las conjugaciones. Don Baldomero me castigó, haciéndome estudiar gramática todo el verano.
Pasado algún tiempo, después de no saberme una vez más las lecciones, mi padre volvió a castigarme. Tras la "filipina" consiguiente me dijo:
- En esta vida, para vivir hay que trabajar. Si intelectualmente no vales, tendrás que buscar un oficio. ¿Qué quieres ser?.
Me mandó a un rincón de su despacho y allí permanecí unas horas. Sin saber cómo ni porqué,  cuando me volvió a preguntar qué quería ser le dije que.... Confitero. 
No tardé muchos días en verme colocado en "La Mahonesa", que era la confitería de moda en Madrid.  Este oficio lo conseguí por mediación de mi tío Nicolás, pues además de ser dueño de la casa nº 1 de la Plaza del Celenque donde estaba establecida "La flor y nata", conocía a Don Fernando, dueño de la Mahonesa.
Supongo que mi padre le diría algo a fin de que yo, viéndome trabajando y sujeto todo el día, terminara aburriéndome y volviera a estudiar.
En La Mahonesa me hicieron unas blusas y delantales blancos como ropa de trabajo. Yo no ganaba nada y desde el primer día me pusieron a fregar y limpiar en el taller,  haciendo todo lo que me mandaban. Poco a poco aprendí a elaborar caramelos y pasteles. Pronto me hice al nuevo ambiente y me amoldé al trabajo poniendo empeño en aprender y ser obediente con el maestro y los oficiales. Gracias a mi esfuerzo me fui haciendo apreciar por el dueño y los dependientes. Ayudando a unos y otros, a fin de año me dieron diez duros de aguinaldo. 
Aunque trabajaba no dejé los estudios totalmente de lado. Cada noche acudía a la Escuela de Artes y Oficios donde aprendía dibujo.
En la confitería estuve dos años. Al cabo de ellos, el maestro y los oficiales, obreros madrileños buenos y dicharacheros, empezaron a decirme que no fuera "primo", que estaba en condiciones de ganar un buen sueldo. En fin, tanto insistieron que a principios de año le pregunté al dueño cuánto me iba a pagar.  Me contestó que, en efecto yo merecía ganar un sueldo, pero que debía saber que entré en su casa no porque me necesitara, sino por compromiso con mi familia. Como no podía crear una nueva plaza en el taller, lo único que me ofreció fue ser dependiente. No lo acepté pues no quería ser empleado en un establecimiento en el que entre su clientela sabía que había parientes y amigos de mis padres. ¡Tonterías del medio social! que hoy reconozco no tenerlas.
Dejada la confitería, continué con mis clases de francés, dibujo, cálculo mercantil y teneduría de libros que no había dejado en estos años. También comencé a prepararme las oposiciones para ser funcionario de Correos en la academia Roos, en la calle Preciados.
En este lapso de tiempo estuve varias veces en Espinoso del Rey, donde residía mi tío Victoriano. En la finca teníamos bastante ganado vacuno y me gustaba pasar largos ratos con los vaqueros y criados. Montaba a caballo y paseaba con mi Primo Pedro de un lado para otro.
En aquellos años yo tenía un carácter violento y muchas veces tuve riñas con los chicos del pueblo, aunque en general, mi fama era la de ser agradable y simpático.
En uno de los viajes a Espinoso llegaron mis padres y hermanos a pasar una temporada en la finca, que entonces administraba mi tío. 
Paseando a caballo con mi padre, le hice observar el abandono que había tanto en el ganado como en las tierras, disgustándole esto mucho. 
A los pocos días, con motivo de la muerte de unos cerdos encontrados por los criados en las pocilgas medio comidos por sus compañeros, mi padre hubo de llamar la atención a mi tío.
Tuvieron ambos una discusión en la que mi padre le dijo todo lo que había visto y observado. A esto se unieron varios disgustos que habíamos tenido con su mujer por su manera de ser. Su educación argentina dejaba mucho que desear y parece que soportaba mal las consideraciones que todos tenían con mi madre, que debido a su educación y trato social  todos estimaban.
Mi padre hubo de preguntar a su hermano dónde había empleado las cantidades que le entregó para mantener la finca y le echó en cara una frase que años antes le dijese mi abuela Emeteria, que no quería nada con él por lo aprovechado que era.
Mi tío entonces sacó una navaja y se fue hacia mi padre. En ese momento llegué yo portando un rifle en la mano con el que había estado tirando al blanco. Me eché el arma a la cara y disparé, teniendo la suerte de que el arma estaba descargada.
Fui al pueblo en busca de la Guardia Civil, pero cuando llegamos mi padre y su hermano ya habían hecho las paces.
Dejamos la finca, procediendo más tarde a la segregación de bienes, siendo esto causa de muchos disgustos. Mi padre cedió muchos derechos, perdiendo las cantidades anticipadas y una parte de la finca comprada a su hermana. 
En Talavera, aburrido y queriendo terminar con esta desagradable situación cuanto antes, hubo de venderle toda la parte que le quedaba de la finca y la heredada de su padre, a fin de acabar con el enfrentamiento. 
Estando en estos trámites y de nuevo en Madrid, paró en nuestra casa un primo de mi padre que era sacerdote y venía de México. Este familiar me animó a irme con él a América a su regreso. Así me hubiera gustado hacer. Conseguí incluso el permiso de mi padre, pero... Estalló la Revolución Mexicana y mi padre me hizo que desistiera.
Para mí, que ya gustaba de la aventura, esto fue una gran desilusión.
Papá ascendió y fue destinado a Logroño. Mientras viajaba hasta allí para ayudar a poner la casa de mis padres, hice una parada en Pradoluengo, donde conocí a varios parientes de papá que tenían casa en la Argentina. Ellos habían vivido en diferentes naciones del Centro y del Sur de América. Estos parientes me ofrecieron un puesto en su negocio situado en el barrio de Belgrano (Buenos Aires). Consiguiendo el permiso de mi padre hice de nuevo un viaje a su pueblo. Allí conocí a un señor que con su familia viajaba a Argentina y decidí ir en su compañía hasta el nuevo mundo.
En el otoño de 1911 y desde Logroño, donde ya residía mi familia, salí hacia Barcelona acompañado de mi padre. Allí estuvimos unos días esperando la salida del Cádiz, vapor de la compañía Pinillos. Antes de subir a bordo mi padre me presentó a unos señores llamados Pablo y Arana que eran parientes suyos. Habían vivido muchos años en América y tenían negocios en México. Aunque estaban retirados, ambos hacían viajes de placer de uno a otro continente.

(Continuará)


miércoles, 19 de junio de 2013

Capítulo 1:Primeros años de la vida del abuelo: En tierras de Castilla.



Después de una vida de viajes y de búsqueda de libertad, de haberme dicho a mí misma en repetidas veces que no quería ser madre, que era demasiada responsabilidad y la mejor manera de cortarme las alas, la naturaleza pudo más. Ya hacía tiempo que llamaba a mi puerta y no quería escucharla, pero una tristeza me estaba embargando sin entender de dónde venía ni por qué.
Sin embargo la madre naturaleza ha sido generosa conmigo, y al primer intento, aquí está, dentro de mí, un bebé creciendo desde hace casi seis meses.
Hasta las 20 semanas todo ha ido bien, pero ahora un cuello de útero corto nos está complicando un poco las cosas.
La parte positiva.... estar de baja. Eso me permite descansar y darle un poquito más de paz al bebé.
La negativa... Comerme la cabeza. Como eso no es lo que quiero, creo que este es el mejor momento para echar mano de nuevo al manuscrito de mi abuelo Pepe. Sus andanzas me abren siempre las puertas de la imaginación, más ahora que tengo demasiado tiempo.
Hace muchos meses comencé escribiendo las primeras líneas de esas pequeñas memorias que conservamos en la familia de la vida de un hombre maravilloso del que todos los nietos nos sentimos más que orgullosos.
Aunque murió cuando yo tenía 10 años, de él guardo recuerdos muy buenos. Aunque tenía más de noventa años, su cabeza siempre estuvo perfecta, y cuando ya no pudo leer ni escribir se dedicó a pintar acuarelas en las que reflejaba aquellos paisajes dominicanos que guardaba en la memoria y también los de su Castilla, la tierra que le vio crecer. Siempre que pienso en él le recuerdo en el jardín de mi casa, sentado en una silla con las gafas en la punta de la nariz y con un lápiz en su mano temblorosa dibujando algún seto de flores. Qué paz transmitía el abuelito.

El relato que voy a transcribir es una mezcla entre el que escribió en 1952 y el que redactó después en 1984, año en que murió.  Ambos por separado están incompletos, así que mi labor será la de recomponer el puzzle y darle un sentido mayor.



"Hace años que llevo pensando reflejar en el papel los recuerdos de mi vida andariega y algunos de los muchos incidentes pasados. La pereza, el haber pasado muchos años sin hacerlo, los cambios sociales y políticos, así como la situación económica han llegado a transformar mi modo de ser y de pensar. Esto ha provocado que mi primitivo carácter, audaz y activo, se haya tornado en indiferente y conformista con cuanto la vida me presenta.
Mis hijos, ya en edad de darse cuenta de lo que es la vida algunos de ellos, otros en edad infantil todavía, me piden que les cuente algo de lo que hice en mi juventud, pues saben que viajé bastante por países, donde su imaginación joven ve aventuras que tal vez la lectura de libros les hizo soñar.
Por eso, a pesar de ser hoy mi vida decadente por la edad, he pensado en realizar estas memorias, lo que es ya difícil, porque me fallan los recuerdos y  mi imaginación está ya más acostumbrada a las realidades de la vida que a las distracciones literarias.

Espinoso del Rey, 23 de marzo de 1952.


"Me presento; Soy José Martínez Sánchez- Albornoz. Nací en Bilbao en 1892. Fui el quinto de los doce hijos que tuvieron mis padres, Baldomero Martínez Serrano y Teresa Sánchez-Albornoz Hurtado, ambos de familias adineradas y acomodadas. Mi padre nació en Pradoluengo (Burgos) y mi madre en Ávila.
Mi estancia en Ávila y el trato con familiares me hizo ver que era descendiente de una familia de abolengo. Mi familia era conocida en la Diputación y en las Cortes. De hecho en la ciudad todavía se conservan numerosos recuerdos de nuestros antepasados.
Mi padre era de profesión militar. Durante su vida tuvo diferentes destinos en provincias, por lo que los hermanos nacimos en diferentes regiones.
Los recuerdos de la infancia empiezan en Burgos, donde vivimos hasta el regreso de mi padre de la guerra de Filipinas, donde había ido de voluntario. En esta ciudad leonesa nacieron cuatro de mis hermanos y  murió uno. 
De Burgos sólo recuerdo a una maestra, Doña Raimunda, que me enseñó las primeras letras y algunas imágenes como la del "Papa Moscas", un Cristo con faldas, el Paseo del Espolón y una fuente que había cerca de la Catedral. También tengo alguna imagen de un farmacéutico amigo de mi padre llamado Barrio, en cuya farmacia gustaba yo de entretenerme haciendo travesuras. Un día me colgué de una librería y me descalabré. 
Después de aquellos primeros años en Burgos y tras la recuperación de mi padre que vino con fiebre amarilla de ultramar y con el fracaso a sus espaldas por la pérdida de Filipinas, nos trasladamos a Guadalajara. Allí fue destinado al hospital como Capitán de Administración Militar.
Los soldados enfermos siempre estaban jugando conmigo. Me enzarzaba en peleas y a la corta edad de seis años aprendí a fumar. Los soldados y las enfermeras se divertían viéndome hacer trastadas.
Iba al colegio que estaba en los jardincillos y allí hice amistad con varios hijos de los amigos de mis padres. Con ellos salía a la Comercial, la Fuente de la Niña y a las Maravillas, donde echábamos a volar nuestras cometas.
Por aquel entonces mi abuelo Pedro tuvo un accidente en su finca de La Moheda. Un toro de su ganadería le tiró del caballo. El animal, asustado, salió corriendo arrastrándo a mi abuelo detrás. Del percance salió con el brazo derecho roto del que quedó mal.
El abuelo, hombre fuerte y activo, no estaba conforme con la vida de reposo que le tocó a partir de entonces, y decidió montar una fábrica de panificación en Talavera de la Reina a la que llamarían "La higiénica". Propuso como socios a mi padre, a su  otro hijo Mauricio y a su cuñado Manolo.
Con este proyecto en mente, nos trasladamos toda la familia a Talavera, donde tomamos casa en la calle Mesones.
El colegio al que yo iba estaba en la calle de la Sal y todos los días al salir de él pasaba por la casa de mi abuelo, que era muy cariñoso y con el que me divertía mucho.
Las obras de la panificadora iban deprisa. Estaban preparando la inauguración cuando el abuelo se puso enfermo. Murió al poco tiempo. Era el año 1904. En el testamento dejó una parte del negocio a mi tío Mauricio y también a mi tío Victoriano, que estaba en la Argentina. 
La fábrica se cerró al poco tiempo de inaugurarse. En la misma inauguración ya surgieron los problemas. Los panaderos de Talavera consiguieron emborrachar al maestro de masa y pala. La consecuencia de su borrachera fue que la primera masa de la fábrica no se pudo presentar a la venta. Parece que los panaderos de la ciudad formaron un bloque contra la fábrica. Además de esto, hubo desacuerdos entre mi padre y su cuñado, así que ante esta situación tomaron la decisión de cerrar. Al ser mi tío también militar, decidió reincorporarse al ejército. Mi padre también se reincorporaría, aunque después. En esos tiempos se quedó arreglando el testamento del abuelo, esperando la llegada de Victoriano desde Argentina. Una vez llegó con su familia, "los argentinos" se instalaron en una de las fincas del abuelo, la de Espinoso y Torrecilla a la que todos conocíamos como "La Moheda" o "Casa Tejada", dejando a su hijo mayor, Pedro, con nosotros. Pedro tenía mi edad. Era como otro hermano. Íbamos al colegio de los frailes juntos.
El siguiente destino de mi padre en el ejército fue Madrid. Allí nos instalamos en la glorieta de Bilbao. Mi primo Pedro y yo fuimos al Instituto San Isidro, en la calle San Bernardo.
En aquella época fue cuando se casó Alfonso XIII y los anarquistas le tiraron la bomba. Nosotros habíamos visto el cortejo pasar un poco antes en la Puerta del Sol.
De la glorieta de Bilbao nos trasladamos a la calle Magdalena 18 coincidiendo con el final de los estudios universitarios de mi hermano mayor, Pedro.
En este tiempo, mi hermano Pedro le había dado varios disgustos a mi padre por su mal comportamiento y por las malas compañías que frecuentaba.
Aunque de pequeño había sido un buen estudiante, desde que Pedro entró en la universidad cambió,  perdiendo años por el camino. Fue su costumbre coger cosas de casa que luego empeñaba para poder continuar con sus golferías.

(...Continuará)













sábado, 17 de noviembre de 2012

Una historia de mi abuelo

Anoche soñé que volvía a mi casa de la infancia, un sencillo chalet que estaba en la urbanización "El Gran Chaparral" a unos siete kilómetros de Talavera de la Reina. La casa por dentro estaba igual, pero todo tenía polvo, como si nadie hubiera vuelto a habitarla en estos últimos 25 años.
La sensación que tenía al estar allí era una mezcla de extrañeza, nostalgia y amenaza.
Al despertar he recordado una reflexión que hace la filósofa Chantal Maillard en su último libro, "Bélgica". Chantal dice que cuando habitamos nuestras casas pasadas en sueños nos convertimos en los verdaderos fantasmas de esos lugares.
Ese fantasma que ha sido mi "yo" en sueños visitando un lugar querido de mis primeros años de vida, sentía temor, especialmente al contemplar la vivienda de al lado. Me angustiaba pensar que los vecinos de la parcela contigua a la nuestra seguían habitando el mismo lugar sin haber tenido vecinos durante todo este tiempo. En mi sueño, ni ellos ni yo misma podíamos entender por qué nos fuímos de allí y por qué no habíamos vuelto hasta tanto tiempo después.
Desde hace unos meses pienso en el pasado, en la mirada abierta a la vida de cuando somos niños. ¿En qué momento perdemos ese gozo intenso? ...
Cuando un adulto habla de la "cruda realidad" yo me pregunto cuál es la verdadera "realidad", ¿la del adulto que se pierde en problemas cotidianos que le alejan de la esencia de la vida o la del niño que disfruta plenamente de la sencillez del mundo?

Como Marcel Proust, voy en busca del tiempo perdido, y para ello vuelvo a la raíz, al comienzo.
Hace un mes mi padre me trajo un CD con bastantes documentos sobre la vida de mi abuelo. Casi todos los han ido recopilando mis primas Lola y Loreto durante años de investigación, sin que casi nadie de la familia le prestara demasiada atención. Ahora que los he podido leer con detenimiento me siendo en deuda con ellas, y con mi abuelo, un hombre de principios que llevaba el viaje y la aventura en el alma y que nos transmitió su pasión en el ADN y en un par de manuscritos.
Cuando tenía 60 años, es decir, en el año 1952, escribió un primer relato sobre los aconteceres de su vida. Después de aquello, tal vez volviera a escribir más relatos, pero nosotros sólo conservamos otro cuaderno que escribió en 1984, cuando le faltaba poco para morir.
Cuando mi abuelo falleció yo tenía 10 años, demasiado niña como para hacerle preguntas que ahora desearía que me pudiera contestar.
El recuerdo más nítido que tengo de él es el de un hombre muy viejo al que le gustaba sentarse en su sillón y pintar con la mano temblorosa. Era un hombre bueno, silencioso, al que no le gustaba llamar la atención.
Nunca perdió la capacidad de disfrutar de la belleza. Todavía puedo verle con las manos a la espalda contemplando las flores del jardín en esa casa que ayer volvía a habitar en sueños.
Las memorias y los documentos que han llegado a mis manos me permiten volver a construir la figura de mi abuelo. Eso es lo que me propongo hacer transcribiendo el primer relato, el de 1952, un texto que completaré con las informaciones adicionales del relato de 1984, en un intento de dar una visión más detallada o tal vez más cercana a lo que ocurrió.


Me presento; Soy José Martínez Sánchez- Albornoz. Nací en Bilbao en 1892. Fui el quinto de los doce hijos que tuvieron mis padres, Baldomero Martínez Serrano y Teresa Sánchez-Albornoz Hurtado, ambos de familias adineradas y acomodadas. Mi padre nació en Pradoluengo (Burgos) y mi madre en Ávila.
Mi estancia en Ávila y el trato con familiares me hizo ver que era descendiente de una familia de abolengo. Mi familia era conocida en la Diputación y en las Cortes. De hecho en la ciudad todavía se conservan numerosos recuerdos de nuestros antepasados...(Continuará)





domingo, 26 de agosto de 2012

La impostora

Estoy a punto de dejar de nadar los ríos metafísicos.
Soy una mujer con ojos en la nuca que mira al pasado y que no roza el presente.
No voy hacia la nada, ¡¡¡qué más quisiera yo!!!!
El gigante tiene unos tentáculos demasiado grandes.
Yo finjo querer escapar, pero me dejo invadir por su tristeza falsificada.
Es más,
Me adelanto a la tristeza y la compro antes de que el gigante me la venda.
Y los huesos se me quedan doloridos.
Me reconcentro en una miseria meditada.
Impostada, diría yo.
Y de repente una flor morada me abofetea,
y un hombre barco me anuncia el naufragio.
Hoy se dió por rendido.
Dice que nos hemos dejado ganar.

lunes, 13 de agosto de 2012

Vacío





Las campanas de la iglesia suenas a las once y media... Todos los días a las once y media. De la noche.
No lo sabía hasta hace una semana, porque nunca había estado en mi casa a las once y media.
Tampoco sabía como se hace de noche en mi casa.
La tarde trae olores y colores distintos.
Verano en Madrid. Nunca había pasado las vacaciones en Madrid.
Por primera vez miro a esta ciudad desde la perspectiva del visitante, nuevo, que se asombra.
En el calor abrasador de la hora de la siesta,
hago cola para entrar en la exposición de Hopper.... Sensación de extranjero, de ser nuevo aquí. Me confundo con ellos.
Pasear sin rumbo, pisando hojas y asfalto caliente.
Otra sensación nueva, o antigua, según se mire.
Oigo las chicharras y quisiera vaciarme para llenarme de ellas, y del mundo.
Leo un libro que me describe con palabras sensaciones vividas antes. Les pongo un nombre. Alquimia interior.
No espero mucho desde este ático. Sólo deseo dejar de desear.

martes, 14 de febrero de 2012

Bangladesh, el país del agua

                                       

 Cruzar una frontera sigue siendo para mi una experiencia emocionante y llena de expectativas en la que mis ideas preconcebidas sobre un lugar comienzan a desvanecerse segun piso el control fronterizo.
El 25 de enero emprendíamos desde Calcuta nuestro camino hacia un nuevo país del que apenas sabíamos nada. Tras 5 horas tortuosas de autobús llegábamos a Benapole, la frontera terrestre con Bangladesh.

El control de seguridad de la parte India esta terriblemente viejo, desvencijado y sucio. Parece imposible imaginar que un lugar así es una frontera internacional. Mientras nos sellaban la salida del país en los pasaportes, me dediqué a contemplar aquel terrible lugar lleno de goteras y suciedad. La conclusión a la que llegué es que no esta así por casualidad, sino por la dejadez india y su desprecio hacia un país que consideran de "segunda".
Después de pasar por delante de varios policias que volvieron a mirarnos los documentos de arriba a abajo, salimos de allí con cierto alivio. Yo me despedi de India desde la verja, sin pena y con ganas de estrenar este nuevo territorio.

Nuestra primera experiencia en Bangladesh fue otro control de frontera. El edificio es moderno y limpio, pero los funcionarios son un auténtico desastre.  Aunque no había nadie en la cola porque éramos los únicos extranjeros, nos tuvieron esperando como media hora leyendo nuestros datos, mirando nuestras fotos una y otra vez y comprobando si la dirección que les habíamos dado en Bangladesh era correcta. En un país en el que hay poquísimos turistas, no parecía que se alegraran demasiado de nuestra presencia.

Viajar por un país que no está acostumbrado a los extranjeros es complicado y caro, porque no hay infraestructuras para mochileros con pocos recursos como nosotros. Además uno tiene que habituarse a ser observado constantemente por miles de ojos. Algunas veces parecían hasta asustados por nuestra presencia, como si acabaran de ver una criatura recién aterrizara de otro planeta.
Como seguíamos en nuestra búsqueda de baules y fakires, el primer lugar que visitamos en el país fue Khustia, la ciudad donde nació Lalon Sha, un poeta sufí que ayudo a la expansión del islam en la zona a finales del siglo XV.
En Khustia tuvimos que alojarnos en una guest house en la que nos pedían el doble de lo que nos cuesta el alojamiento en India. Sabíamos que estábamos pagando un dineral, pero no había otra opción. Aunque pagues mas dinero, eso no signifca que tengas ningun tipo de comodidad. Las sábanas siguen igualmente sucias y no hay agua caliente. Además los dueños del hotel tienen la fea costumbre de llamar a la puerta a las diez y media de la noche para pedirte que les pagues la habitación.

Aunque las cosas no habían empezado demasiado bien, poco a poco mis ojos se fueron abriendo a lo bueno y a compensar el esfuerzo que suponía estar allí. Los paisajes de Bangladesh son hermosos y todo está mucho más limpio que en la vecina India. A los cinco días ya estábamos acostumbrados a que la gente nos mirara, y empezamos sentir que- salvo algunas excepciones- la mayoría de las personas que nos fuimos encontrando en el camino eran buenas personas y con menos malicia que los resabiados indios.



Entre las cosas sorprendentes que fuimos descubriendo, la que mas nos llamó la atención al principio fueron algunas medidas medioambientales que ya querríamos en Europa. En Bangladesh está prohibido el uso de bolsas de plástico y muchos productos vienen envueltos en papel reciclado, con lo cual ves mucha menos basura en las calles y en el campo.
La mayoría de los ricksaws se mueven con energia eléctrica. En los pueblos como Khustia y Khulna, gran parte del trafico rodado son bicicletas y vehículos de este tipo, con lo cual cuando si te paras a escuchar los sonidos de la calle oyes bocinas y timbres, pero apenas escuchas motores.

Khulna es la capital del distrito donde está "Sunderbans", el manglar mas grande del mundo. Desde Khulna organizan las excursiones para conocer este maravilloso lugar donde la naturaleza vive en un delicado equilibrio. Nosotros contratamos un viaje con la Agencia Bengal Tours, una gente muy maja y bastante eficaz, algo no tan frecuente por estos pagos.
El barco a Sunderbans no salía hasta tres días después, así que nos dedicamos a conocer Khulna y alrededores. Como viene siendo habitual para nosotros en este viaje, durante el tiempo que pasamos en la ciudad nos encontramos con la noticia en vivo. Cientos de opositores a la Primera Ministra Sheik Hasina tomaron las calles y hubo un tiroteo en el que murieron tres personas. Según nos explicaron, los manifestantes pedían que se volviera al sistema de control electoral anterior a Hasina, cuando era posible nombrar una comisión extra parlamentaria para evitar el fraude en las elecciones.  Mientras ellos se manifestaban, nosotros intentábamos pasar por la calle sin llamar demasiado la atencion, pero eso en Bangladesh es imposible.
Por fin llegó el día de la excursión a Sunderbans, la tierra del tigre de Bengala. Cuando vi el barco que nos iba a llevar me acordé de "Fitzcarraldo",  la película de Werner Herzog en la que el protagonista viaja en un barco parecido recorriendo el Amazonas. Mi imaginación siempre va por delante de mí, y según nos íbamos aposentando en el mini camerino, por mi mente pasaban pasajes de "El corazon de las tinieblas" de Joseph Conrad. Deseaba que nuestro viaje fuera también un recorrido misterioso al corazón de lo desconocido.



No fue así, pero al menos este viaje nos abrió la primera puerta para descubrir la magnificiencia del país del agua. Nosotros pensábamos que el Ganges era un río enorme, pero tras conocer los ríos de Bangladesh nos hemos dado cuenta de que no es así. Por primera vez en mi vida he atravesado ríos en los que no se ve la otra orilla. Es cierto que la extraña geografia del país hace que el agua dulce se mezcle con el mar, pero aún así, son de una inmensidad impresionante.
El primer dia el barco atracó en una zona donde había uno de los puestos de guardas forestales. Normalmente los bosques son impenetrables, pero en esa zona hay menos árboles y han organizado un sendero para que los turistas puedan pasear. Lógicamente no vimos ni un animal, porque la mayoria de la gente hablaba en voz alta o a gritos. A mí no me importaba que los animales hubieran huido de allí, pero me frustraba no poder escuchar a la naturaleza.
Después del paseo decidimos que esta era la última vez que hacíamos una excursión de este tipo. Aunque tuvimos la oportunidad de ver un cocodrilo, algunos ciervos, varios pájaros exóticos y huellas de tigre, al final no merece la pena contribuir involuntariamente a destrozar un entorno maravilloso. Desde ese momento me preocupé menos por lo que puediera ver y más por conocer a fondo a algunas personas muy interesantes que iban a bordo con nosotros.
Tuvimos la suerte de coincidir con un extraordinario grupo de seres humanos que viven por y para el Char Fasson Orphanage en una zona rural cercana a Barisal.
Entre esas personas hubo dos que me dejaron muy impresionada. Una de ellas es Felicity, una mujer australiana de 68 años madre de dos hijos. Felicity conoció el orfanato en el año 2006. Los niños vivían hacinados en un pequeño edificio medio en ruinas en unas dificilísimas condiciones. Cuando su padre murió, Felicity recibió una buena herencia, y en vez de gastárselo en si misma o en sus hijos, decidió invertir el dinero en construirle un nuevo hogar a estos chicos. Le pregunté si sus hijos le habían puesto algun problema y me dijo que ellos ya tienen su vida resuelta, así que no les pregunto.
Junto a Felicity viajaba Muaddin Jahangir, el dueño de las tierras del orfanato. Jahangir es otro personaje inenarrable. Su familia tiene un montón de terrenos en el pueblo de Char Fasson, pero en vez de especular con ellos, la mayoría están cedidos a proyectos como el del orfanato o un college de mujeres musulmanas, el primero que se creó en la isla.
Ambos nos invitaron a que conociéramos el orfanato para que pudiéramos ver de primera mano como están trabajando allí. Aunque no teníamos demasiado tiempo, decidimos ir.


 Aunque no hubieramos visitado el orfanato, solo el viaje de ida merece tanto la pena como para pasarse siete horas cambiando de un transporte a otro. Autobús, barco, lancha motora, ricksaw y de nuevo autobús... Lo mejor fue el trayecto en la lancha motora. Desde Barisal hasta Bhola, el puerto de la isla donde esta Char Fasson, navegas por varios ríos, algunos inmensos, otros mas estrechos, en los que la vida de las orillas te deja con la boca abierta. Los pescadores utilizan las mismas técnicas de hace cientos de años. La forma de vida de la gente es de la Edad Media y los paisajes son bellísimos. Palmeras, lagos, casas de barro... Un paraíso para nosotros, aunque probablemente un infierno para ellos.

La llegada al orfanato me produjo un ataque de vergüenza. Los niños nos esperaban en fila dejando un pasillo en el medio para que pasaramos. Cuando bajamos del ricksaw nos aplaudieron y nos agasajaron con una cadena de papel de la que pendía un enorme corazón. Nunca me habían recibido así en ningún lado, asi que no sabía muy bien que hacer. Les dimos las gracias y fuimos a la habitación a dejar nuestras cosas. Nos tuvimos que armar de valor para salir de nuevo afuera porque nuestra llegada había producido demasiada expectación. Afortunadamente Sheraj, el encargado del orfanato, nos acompañó a que conociéramos las instalaciones antes de cenar. Dimos una vuelta por los alrededores y me quedé muy impactada cuando vi el edificio donde vivían antes los huérfanos. Ahora gracias a la inversión de Felicity tienen un lugar alegre y agradable en el que estar. Cuando terminamos el recorrido con Shiraj les propusimos a los chicos que nos acompañaran a conocer un poquito del pueblo. Un grupito vino con nosotros y pude comprobar que son jóvenes felices, aunque cuando hablan de sus situaciones personales se les nota la tristeza. La mayoría de ellos tienen una madre que no se puede hacer cargo de ellos porque son demasiado pobres. No esta bien visto que las mujeres musulmanas trabajen fuera de casa, por lo que la situación de las viudas es más que difícil.
La mañana del día en el que nos íbamos la dedicamos a conocer las tierras de cultivo que Muaddin Jahangir ha cedido para que el orfanato sea autosuficiente en cuanto a la alimentación. Aunque los tiempos vinieran duros y nadie colaborara económicamente con ellos, han diversificado tanto sus cultivos que podrían sobrevivir.



A diferencia de la mayoría de campesinos, que sólo plantan arroz y si baja el precio se quedan sin nada para vivir, en las tierras del orfanato hay plantadas coles, coliflores, Dhal (lentejas), chilly, judias, flores que dan aceite, calabazas y muchas otras cosas. También aprovechan parte del terreno para que los niños aprendan a cultivar y tengan una herramienta más para desarrollarse en la vida. Felicity compró unas cabras hace un par de años, tienen algunas vacas y pollos que dan huevos y carne. La verdad es que nos quedamos muy sorprendidos con su autosuficiencia.



Ademas de la ayuda a los huérfanos, ahora están comenzando otro proyecto con varias mujeres del pueblo. En una de las habitaciones del edificio han creado un taller de costura. Las mujeres hacen artesanías y con el dinero que ganan pueden ayudar a sus familias.
Aunque nuestra estancia en Char Fasson fue muy corta porque teníamos que coger un vuelo en Dhaka, tuvimos tiempo suficiente para saber que queremos ayudarles con lo poquito que podamos. Cuando volvamos a España pondremos una hucha en casa para que los amigos que quieran depositen alguna monedita. Al final, moneda a moneda seguro que podemos echar una mano entre todos para que el proyecto siga adelante y puedan en breve contruir un nuevo edificio para las niñas, porque de momento solo tienen niños en Char Fasson. La página web es www.charfassonchildrensfund.org.

Despues de tan malos ratos al principio de nuestro viaje en Bangladesh, de un par de intentos de motín en los barcos y de los hoteleros bordes, al final nos hemos ido mucho más contentos de lo que esperábamos y con ganas de volver. Aunque sea difícil viajar por este país, la gente y los paisajes merecen lo suficientemente la pena como para hacer el esfuerzo de superar los inconvenientes y hacer una visita a "el pais del agua".